No puedes renunciar a tus alas

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A pesar de haber sido una “niña sobreadaptada” (como me dijo mi primera terapeuta) siempre supe que tenía unas alas enormes. Pero no las desplegaba… o sí, pero no lograba levantar vuelo. En algún momento me dí cuenta que esa “sobreadaptación” era la que me lo que me estaba impidiendo volar. Ese mandato familiar que decía que yo era inteligente y tenía que estudiar había generado mi miedo a ser rechazada por mis seres queridos.

La imagen puede contener: 1 persona, sentado, sombrero y exterior

Hasta que me di cuenta que estaba pagando un costo muy alto. Ya para ese momento me había recibido de médica y decidí que, si debía ser la niña inteligente y estudiosa para ser aceptada, entonces ese “amor” a mí no me interesaba.

Empecé a hacer poco a poco y sin detenerme aquellas cosas que me hacían feliz, aprendí a “escuchar mi corazón”… Frase romántico-espiritual propia de la movida new age de mi juventud, pero que definía las sensaciones que sentía en el pecho: si algo me hace feliz siento un calor agradable en medio del pecho, si no, aparece una sensación de vacío junto con una leve sensación de opresión en la mandíbula. No tengo dudas de que el cuerpo acompaña las decisiones.

Aprendí que debía soltar para poder avanzar. Que necesitaba reconocer mis miedos para que no me dominaran… después de todo para volar hace falta no cargar con tantas cosas innecesarias.

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¿Buena presencia?

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Debo decirlo, no soy buena para combinar la ropa así que se imaginarán que pierdo mucho tiempo en decidir qué blusa combina con qué falda y muchas veces no lo logro.

Cuando abro mi placard me siento así:

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Quiero verme así:

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Y muchas veces termino viéndome así:

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Un día decidí que no quería perder más de mi valioso tiempo en algo que no era prioritario para mí. Entonces me tomé el tiempo necesario y suficiente para dejar armados varios equipos que esta vez sí, combinaban.

No sólo resolví mi estrés diario sino que también me di cuenta que tengo más ropa de la que creía tener, mis colores “se llevan mejor” y como también defino qué accesorios usaré, mis anillos y collares están más organizados.

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¡Sólo debo ver cómo está el clima, qué actividades tendré ese día y saco un equipo completo del placard!

 

 

 

Recalculando (2da parte)

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La semana pasada comencé a compartir mis reflexiones acerca de mi nueva vida, hoy, sigo haciéndolo.

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Otras cosas que aprendí en mi nueva vida son:

¿Cómo combino viaje y trabajo?: Combiné una sola vez (por ahora) un viaje a Montevideo y Atlántida para visitar a una de mis hermanas del alma, Carolina, con mi hijo que hacía tiempo que quería conocer otro país. Lo pasé de maravillas y también fue muy estresante. La conexión no funcionaba, mi organización de las tareas no era muy buena, ¡en un momento casi me pongo a llorar! pero salí adelante, pude realizar todas las tareas, tomé nota de lo que “había salido mal” y decidí aprender de la experiencia. Ahora me siento mucho más confiada de viajar mientras tengo un curso online porque sé qué cosas debo tener en cuenta para que la experiencia sea buena.

Viajar ligero: En realidad fue volver a algo que practicaba hace tiempo y que fui dejando de lado (lamentablemente) en mi vida sedentaria (hace 13 años que vivo en la misma casa). En este momento resignifiqué esa idea y pude pasar de la simplicidad de las cosas que me rodean a la simplicidad de pensamiento. En un trabajo en el que “entro y salgo” de una aula a otra, de un curso a otro, en el medio algún asesoramiento y algo de redes sociales necesito contar con información buena, concreta, aplicable en varias situaciones. Necesito que mi computadora tenga las carpetas que necesito para ordenar la información (bien organizadas y bien nombradas). Y en el escritorio, sólo el mate, unas pocas hojas y una lapicera… Y puse a prueba, con éxito esta estrategia el otro día que se cortó la luz y me vi obligada a irme a un café: simplemente guardé mi laptop en un coqueto bolso y salí de casa.

Flexibilidad: Realmente es el aspecto que más disfruto porque cuando trabajaba en una oficina sentía que mis ideas no podían fluir al ritmo que aparecían. Una de mis características es pensar hilando ideas, conceptos, proyectos realizados y, sobre todo, enriqueciéndome con los demás. Esta forma de pensar el mundo (y el trabajo) requiere de mucha flexibilidad porque hasta que se plasma la idea original en algo concreto, seguramente debo cambiar varios aspectos de ese proyecto. Esto se traduce en la vida cotidiana, en el día a día del trabajo: logro mayor flexibilidad para modificar horarios, viajes, reuniones y salidas en función de las necesidades cambiantes de esta nueva vida.

El día dura 24 horas: Sí, claro, ustedes pueden pensar que es una obviedad, pero cuando empecé a disfrutar de la libertad, creí que podía hacer todo lo que quisiera. ¡Nada más alejado de la realidad! Hay momentos en el que me es difícil que pueda visitar o encontrarme con amigas/os, paseando por una reserva o empezando un viaje cuando mi trabajo requiera de mayor atención de mi parte. Entonces en esos momentos debo ser más cuidadosa con la planificación del día para ser realista.

Aquello que dejé por ser sedentaria … el sedentarismo mental: Lo más duro de la vida de trabajadora en relación de dependencia fue que había empezado a mostrar menos creatividad e iniciativa. Sólo basta con levantarme a diario, ir a la oficina, ver qué actividades hay para hacer en la semana y si puedo, generar alguna propuesta que puede o no ser aceptada por los directivos. ¡Ahora cada día tengo una idea para aportar a mi propio trabajo o a futuros proyectos!

La actitud nómada: Encontré que tengo una actitud nómada. Es difícil explicarlo porque actualmente no puedo viajar por el mundo libremente, pero me reencontré con algunos rasgos personales que siempre había interpretado de manera equivocada:

  • Disfruto del proceso aunque sepa de antemano que no lo volveré a repetir.
  • Pienso que la vida es continuo movimiento.
  • Soy desapegada de las cosas.
  • Si ya no necesito algo, “lo suelto”.
  • Nunca acepté un no como respuesta, como si todo fuese posible.

La importancia de las alianzas, las amistades y la comunidad: Me encontré con otras personas que pueden disfrutar de la vida sin pretender seguridades. Se trata de personas sumamente creativas y abiertas a construir junto con otros. En este recorrido nuevo conocí a otro espíritu libre, Carla, con la que estamos diseñando un hermoso curso online.

El camino que he emprendido es la síntesis de todos los caminos que recorrí a lo largo de mi vida. Sólo necesito saber qué quiero, hacia dónde voy y cómo lo quiero lograr.

Les dejo un afectuoso saludo y un agradecimiento por visitar mi blog.

Andrea

 

Recalculando

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Desde mi último posteo me dí cuenta que estoy viviendo ya en el mundo en el que quiero vivir. Quiero tiempo disponible, una vida simple, con mucho cielo y caminatas diarias.

Entonces “paré la pelota” y reflexioné sobre esta nueva vida que llevo desde principios de 2016… fuera de la oficina y, por lo tanto, en cualquier lado… Simplemente porque mi oficina es ubicua. Trabajo como tutora online ¡Y me encanta!

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Esta nueva ocupación cambió mi vida en muchos aspectos y aprendí algunas cosas:

La organización: A lo largo de mi vida adulta trabajé de manera autónoma o en relación de dependencia. Pero trabajar desde casa implica organizar la vida de otra manera. Al principio me costó, perdía mucho tiempo al hacer las tareas, me equivocaba mucho, organizaba y desorganizaba, me frustraba. Me preocupé pero se me pasó cuando pensé en todas las primeras veces que había iniciado algo nuevo y recordé que soy muy buena en esto… me entusiasman los senderos que no recorrí.

Importancia de una buena agenda: El tiempo destinado al trabajo era mucho y poca era la paga. Respiré hondo, miré mi agenda y empecé a reformularla de acuerdo a mi nueva vida. En esta nueva vida necesito tener claro cuándo tendré trabajos y cuál será su duración, si se trata de un trabajo nuevo (que me demandará más tiempo), si es un cliente que ya conozco, si voy a encarar un nuevo proyecto, etc. Necesito también programar notificaciones que me recuerden con antelación de mis actividades y además compartir el calendario con mi compañero para poder planificar mejor mis actividades. La agenda que mejor se adapta a mis necesidades es el Calendario de Google.

Adiós trabajo de 9 a 17 hs: En mi nueva vida hay momentos en que trabajo los fines de semana y otros en que no tengo trabajo… trabajo rentado, claro está, porque cuando dispongo de tiempo libre puedo hacer lo que me plazca… desde dormir una siesta, hasta pasear con mi familia, tejer, leer, escribir, aprender idiomas.

Algunos se preguntarán ¿Y entonces cómo es un día en la vida de Andrea? Bien, un día de mi vida, en general es bastante parecido al del resto de mis vecinos: me despierto a las 6:30 AM junto con mi compañero, él se va a la oficina, yo preparo el desayuno para nuestro hijo, nos vamos para la escuela regreso a casa caminando y enciendo mi computadora. Los fines de semana son más relajados, y cuando debo trabajar prefiero hacerlo por la mañana, al igual que de lunes a viernes, porque siento que rindo mejor (eso depende de cada una/o, hay quienes son más productivos por la tarde, debes buscar tu propio ritmo). Pero lo mejor de todo esto es que puedo trabajar en cualquier lado y cualquier momento es bueno para “entrar a la oficina”.

Contacto con la gente: Debo confesar que disfruto de mis momentos ermitaños y he notado que me volví más selectiva, elijo encontrarme con personas con las que tengo más afinidad. Tengo mucho contacto virtual con las personas (y cada vez me siento más cómoda) pero me hace falta también el “cara a cara” que ni Skype puede suplantar.  Este encuentro lo tengo asegurado a través de un Taller de Arte Textil que coordino una vez por semana que me permite conversar con ¡humanas de carne y hueso!

 

Continuará…

Comer mejor es posible

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Desde que dejé de comer carne (pasando por épocas de veganismo y crudiveganismo) escucho que ser vegetariana o comer orgánico es más caro o complicado.

¿Es más caro? ¿es complicado?

Y me puse a observar con mayor atención qué hábitos de consumo tengo yo en este momento e hice algunas modificaciones (más bien fue encontrar la versión saludable a lo que estaba haciendo). Es que comer mejor implica un cambio de vida que puede hacerse de manera tal que se adapte al estilo de vida que has elegido (o estás oblilgad@ a llevar).

Tomé algunos puntos que me sirvieran de guía:

  • Comercio Justo o ético: decidí que, siempre que pueda, elegiré productos que vengan de cooperativas y de productores agroecológicos. Así, paso a paso, incorporé a mis costumbres la de elegir marcas en las que puedo confiar, visitas a Ferias de Comercio Justo y Delíverys de productos orgánicos (incluso encontré grupos que ofrecen alimentos traídos directamente de productores, consiguiendo un buen precio)
  • Alimentos orgánicos: si bien la alimentación en casa no es 100% orgánica gracias a los delíverys de orgánicos y el cultivo de germinados (a veces más y otras menos) estamos reemplazando parte de la comida (con agrotóxicos, conservantes, etc) por alimentos sanos y mucho más ricos (además duran más en la heladera ¿sabían?)
  • Picoteo: soy de esas personas que cuando están aburridas o abrumadas por la realidad comen… mucho y de a poquito. Bien he decidido firmemente comer cuando tengo hambre. ¡Una gloria! no he bajado de peso pero me siento mejor, ¡hasta recuperé la sensación de hambre que había perdido a manos del picoteo!
  • Organización en la cocina:
    • Cuando llega el bolsón o cajón con verduras orgánicas, veo qué es lo que puede esperar más días para ser consumido, lo lavo y dejo acomodado en el cajón de las verduras. Luego sigo con las verduras que no van a durar mucho y decido qué no voy a comer inmediatamente (generalmente se trata de acelgas, hojas de remolacha, etc), las blanqueo o hago un nituke y conservo en el freezer como relleno para empanadas, tartas o para hacer tortillas. Y la verdura que queda es la que vamos comiendo en los primeros días (generalmente crudas en ensaladas o apenas cocidas).
    • Cuando hago una masa para tarta, hago de más para freezar.
    • Si cocino arroz, lo hago sin sal ni nada y en cantidad para que sobre (en la heladera dura 2 o 3 días),
    • Lo mismo para el caso de las legumbres (porotos, garbanzos, habas): preparo mucha cantidad y freezo en pequeñas porciones, además en la heladera también dura unos días. Así le doy calidad al tiempo que pasamos en la cocina y como siempre hay algo en la heladera pedimos menos comida por delivery.
    • Si sobra, se pone en un recipiente, se rotula y se freeza. En otro momento puedo hacer unos pequeños souflés o empanadas diversas (como lo que ha ido sobrando)
  • Me comunico con los vecinos. Parece una tontería pero si tenés buenos vecinos podés enterarte de lugares y distribuidores interesantes. Además de poder hacer compras comunitarias, claro.

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Minientrada

Simplemente cortas rodajas de calabazas (no es necesario pelarlas) y las colocas sobre la parrigás. Las condimentas con hierbas frescas, un poco de sal y un chorrito de aceite de oliva. Y, mientras conversas alrededor de tu cocina rocket, vas controlando cómo se van cocinando, cuando las notes blandas de un lado, las das vuelta para que se asen de forma pareja. ¡Quedan con un sabor ahumado espectacular! … ¡y sólo con unas pocas maderitas! almaquerandi-cocinarocket-03

Calabazas asadas

Cocina rocket… o un fogón mejorado

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Les presento mi segunda cocina rocket (la primera era más pequeña y no tenía un buen tiraje). Encontré que mi cocina se lleva muy bien con una parrigás (o parrilla circular) que usábamos muy poco así que desde ahora es parte de la cocina porque le permite que el fueguito respire y no se apague 🙂

Cumple con algunas consignas que me propuse al experimentar en casa -y aprender- sobre tecnologías amigables con el ambiente:

  • Los elementos los tenía a mano. Incluso la lata grande (que es de tomates, de 5 kilos) la encontré en la calle, ¡a la vuelta de mi casa! mientras pensaba cómo mejorar la primera cocina que habíamos hecho.
  • Algunas de las herramientas que utilicé las tenía en casa, las otras las pedí prestada a mi suegro y vecino.
  • Me ayudó un buen amigo que estaba ese día en casa.
  • Mi hijo de 10 años pudo prender el fuego sin problemas (obviamente con supervisión de los adultos).
  • El combustible es local (usé restos de las podas de mis enredaderas y madera de cajones de verduras que me dio el verdulero del barrio)

La primera cena que preparamos fue unas rodajas de calabaza y cebollas, condimentadas con un poco de sal, hierbas aromáticas varias (en ese momento tenía romero y tomillo) y aceite de oliva orgánico. Lo acompañamos con rodajas de queso (que también pasaron un instante por la cocina), ensaladas y, los que carnívoros de la casa agregaron rodajas de salame. Y mientras se cocinaba la comida, charlamos alrededor del fuego… una situación tan ancestral como la humanidad misma.

En la siguiente entrada voy a compartir el paso a paso en la fabricación de mi cocina rocket.

Gracias por leer.

Hasta pronto.